jueves, junio 01, 2006

Instrucciones para ser un coyote (Segunda parte)

Enrique Enríquez

El médico me recomendó hacer más ejercicio. Un tipo como yo, que no maneja ni usa el metro, y simplemente camina a donde quiere ir (incluso en una ciudad como Caracas, no solamente aquí en Manhattan, para que se chupen esa mandarina), no puede sino reírse de semejante comentario. Yo camino al rededor de tres horas diarias, todos los días de mi vida. ¿Qué más ejercicio necesito?

Pero el médico se me puso aeróbico-anaeróbico, cosa que sucede cuando los doctores, honrando su compromiso con la sociedad, tratan de empujarte a que te compres unos zapatos de trotar, colaborando así con la siempre sedienta sociedad de consumo. La cosa es que mi último par de zapatos de goma lo boté cuando tenía 18 años. 19 años después, sin haber vuelto a usar zapatos de goma, debo haber batido algún récord Guinness. (Voy a esperar a que se cumplan 20 años y entonces enviaré la documentación al famoso libro. Me gustan los números redondos).

El caso es que yo no tenía ni tengo planeado gastar real en zapatos que no quiero, así que cuando el médico me dijo que la cosa no era simplemente caminar, sino sudar caminando, le dije: “¿Qué tal entonces caminar sobre carbones encendidos?”. Quedó lelo.

(Caminar sobre carbones encendidos es más fácil de lo que todos esos gurúes de auto-ayuda nos hacen pensar. Otro día les cuento cómo se hace.)

Pensé que había tenido una idea genial. Me compré una de esas caminadoras eléctricas que hay en los gimnasios. La cubrí con papel de aluminio, no fuera a quemarse, porque la bicha me costó un realero (Sí, costó más que los benditos zapatos. El problema no es gastar real, sino gastarlo en cosas superfluas) y cubrí la rampa giratora de carbón vegetal encendido. El problema que tengo es que cuando la pista gira, los carbones se caen. Ahora sé cómo se sintieron Edison, Graham Bell, Einstein y todos esos grandes genios científicos, cada vez que un pequeño detalle descarrilaba su camino al éxito.

En fin. A cuenta de no convertirme en coyote para no meterme en líos, me estoy poniendo gordo. La vida del artista es sufrimiento.

Pero ustedes sí pueden transformarse en coyotes. Así que sigamos con el “cyber-workshop”.

Asumo que ya logran ver y sentir la pelotica roja dentro de su mano. Incluso, los más avanzados ya habrán improvisado más de un partido de “pelotica e’ goma” imaginario. Muy bien.

PROCEDIMIENTO: Lo primero es encontrar un lugar seguro donde dejar su cuerpo físico. Imaginen que su piel, sus músculos y sus huesos, son unos pantalones “Didijín” que van a dejar, exánimes, tirados en sobre una silla. La cosa es que nuestro cuerpo es uno sólo, es valioso, y hay que tratarlo con cierta dignidad, no importa lo que diga la gente que promueve el Reggaetón. Así que busquen un lugar sereno pero seguro, donde abandonarse a esta experiencia. (NOTA: nunca dejen su cuerpo en un locker. Suena seguro, pero las consecuencias son imprevisibles. Yo una vez lo hice y la señora que limpia casi se muere del susto, cuando abrió la puerta para pasar el plumero, y le caí encima yo, desnudo y sin sentido. Con lo que cuesta conseguir una buena señora que limpie, mi devaneo fue imperdonable.)

(Esto me lleva a una segunda NOTA: mucha gente por ahí amanece donde no es, y dice que le dieron Burundanga. Eso es mentira. Lo que pasa es que esa gente andaba tratado de convertirse en coyote sin tomar las precauciones necesarias respecto a dónde dejar su cuerpo humano, y como les da vergüenza, inventan que estaban en un bar gay y alguien los drogó. Eso, simplemente porque como le dijo Andy Warhol a Joseph Beuys, en la ocasión histórica en que ambos se conocieron: “Más vale ser un buen marico que un mal coyote”.)

En fin...

Se sabe que los chamanes de la mayor parte del mundo utilizan un tambor para entrar en éxtasis. (Es común en todas las tradiciones chamánicas del mundo, añorar un tiempo pasado en que los chamanes eran mucho más poderosos que ahora. Su poder no sólo les confería la capacidad de volar sin hacer aduana, sino la posibilidad de acceder a estados alterados de conciencia sin recurrir a ningún tipo de drogas. Como dijo Mircea Eliade, cito: “Para un chamán arrecho, las drogas son de mamis”. Digo esto para subrayar el hecho de que la conexión drogas-espiritualidad, es un invento del cartel de Cali. Así que aprieten, porque aquí vinimos a trabajar en serio.) Los chamanes llamaban a este tambor su “caballo”, precisamente porque eran sus latidos quienes les llevan en su viaje más allá de este mundo.

Nosotros no necesitamos ir a una tienda de souvenirs autóctonos para conseguir un tambor con que viajar (Pero si llegan a ir a alguna, no pierdan la oportunidad de aterrorizar a la clientela gritando “¡Esa piraña movió el ojo! ¡Esa piraña movió el ojo!”). No hace falta, porque todos llevamos un tambor en el pecho, que retumba al ritmo exacto del universo, con o sin by-pass.

Ahora, desnudos o vestidos, sentados cómodamente, concentren su atención en el sonido que hace su corazón. Nos pasamos la vida tratando de encajar, de bailar al ritmo que nos toquen. Tratamos desesperadamente de resonar al ritmo indicado, cuando en realidad el verdadero ritmo lo llevamos resonando dentro, y siempre ha estado ahí. Con la mano derecha en el pecho, amplifiquen esos latidos hasta que la vibración resuene en todo su cuerpo... hasta que pierdan consciencia de tu forma y sean solo un pulso. Un pulso vital que puede animar cualquier cuerpo.

Cada latido, cada golpe del corazón sobre su mano, los lleva a un estado más profundo.

(Tomense todo el tiempo del mundo para lograr este estado de conexión íntima y total. No ha apuro. No sé si lo han notado, pero no hay mucha demanda de coyotes estos días. No corran, que nadie los está esperando.)

Conforme la sensación de SER un pulso se hace más sólida, imaginen frente a ustedes, a un par de metros de distancia, a un coyote echado. Está inmóvil, como muerto, cosa que pueden ver claramente porque, pese a que recorren con la mirada toda su piel, no notan el más mínimo movimiento muscular, ni ven el pecho del animal henchirse por la respiración. No se mueve. Nada. Está tieso.

Conforme los latidos se convierten en la única realidad, dentro y fuera de ustedes, se sentirán invulnerables, compactos, sólidos y poderosos. Dejen caer la mano que tienen sobre el pecho y vean claramente cómo en el lugar donde debería estar su corazón hay un hueco, una abertura por la que ustedes mismos abandonan su cuerpo humano, para ir a meterse, por una oreja, en el cuerpo del coyote.

El coyote despierta, literalmente, como si una mosca le hubiese entrado en la oreja. Sacude la cabeza, se rasca nervioso una oreja con su pata trasera, y al pasar el sobresalto vuelve a dormirse. Cierra los ojos.

En este momento, han abandonado su cuerpo humano y están dentro del cuerpo de un coyote. Cuando el coyote abra los ojos de nuevo, serán ustedes quienes miren. Imaginen que la sangre propulsada por sus latidos viaja hasta la punta de sus extremidades, y al ver sus piernas y sus brazos, notarán que son ahora patas fuertes, delgadas y ágiles, que sus manos, de dedos compactos cubiertos de vello blanco y cremoso, muestran garras negras, duras y cortas en sus puntas. Muevan su mano en la realidad, y vean en su imaginación la pata del coyote moverse.

Estiren con gozo y pereza cada una de sus patas, hasta que la imagen imaginaria y la realidad sean una. Conviertanse en titiriteros de tu propia mente. Dejen que las patas del coyote se conviertan en guantes que encajan perfectamente en sus extremidades. Cada movimiento que hagan en realidad, aún sin levantarte, imaginenlo realizado por el coyote.

Cuando el coyote abra sus ojos, verán que su perfil ha cambiado a un hocico gris, cuyo remate es una nariz negra, lustrosa y fría, que les permite estar atentos a olores que antes no habían percibido. Aspiren. Todo huele ahora mejor y más fuerte.

Muevan los músculos de su cabeza, noten cómo ahora sus orejas, velludas y afiladas, tienen una movilidad diferente. Pueden dirigirlas independientemente a donde quieran, y escuchar incluso lo que aún nadie ha dicho.

Sonrían, y noten cómo sus dientes son una sierra afilada, sus colmillos color marfil, agudos y brillantes. Sus labios son negros, húmedos, y su sonrisa se abre literalmente de oreja a oreja.

Es hora de decir: “¡Aúuuuuuuuuuuuuuuuuuuu!!!”

Sólo la práctica constante les permitirá alcanzar la “coyoteidad” total. Una vez allí, no hay límites. Convertidos en coyote podrán darle la vuelta al mundo en segundos, visitar sitios remotos y susurrar al oído de seres queridos en lugares lejanos, chismes o palabras de amor. (Todo esto, mucho más barato que con DSL). Estarán aquí y allá a la vez, con sus sentidos y su percepción del mundo agudizados. Una vez adquirida esta destreza, es como montar bicicleta, una habilidad que los acompañará para siempre. (Esto es, siempre y cuando se administren la antirábica una vez al año.)

La explcación es simple porque, como dijo Martha Piñango: “El Tao que puede explicarse, no es Tao”. Un sólo detalle: si por casualidad alguien mata al coyote mientras ustedes están viajando dentro de él, su cuerpo humano también morirá, y viceversa. Lo terrible de esto es el precio de los entierros hoy en día. Pero no se preocupen. Hay más peligros para la salud encerrados dentro de una Cajita Feliz, que en el itinerario nocturno de un coyote. Gocen.

Un abrazo,

Enrique Enriquez (IM)
www.enriqueenriquez.net